Carlos José Pestalardo repasó la historia de la cabaña, distinguida en Palermo, y destacó el trabajo de varias generaciones para mejorar la genética y la calidad de la carne.
Con 147 años ligados a la ganadería y al mejoramiento genético, Cabaña Charles de Guerrero mantiene vigente un legado familiar que atraviesa varias generaciones. Carlos José “Pepe” Pestalardo, representante del establecimiento, repasó la historia de la empresa luego del reconocimiento recibido recientemente en la Exposición Rural de Palermo.
Los orígenes de la cabaña se remontan a 1879, cuando un antepasado de la familia introdujo genética Angus en la Argentina. Desde entonces, el establecimiento continuó trabajando sobre la raza y seleccionando reproductores con el objetivo de aportar al desarrollo de la ganadería y a la calidad de la carne argentina.
Actualmente, la actividad se desarrolla en la zona de Solís, partido de San Andrés de Giles, a unos 15 kilómetros de San Antonio de Areco. Allí, Pestalardo está al frente de la producción y del programa genético desde 2014, tarea que combina con su trabajo como asesor genético en otras empresas.
La selección se apoya cada vez más en información objetiva. Peso al nacer, peso al destete, área de ojo de bife, características de la carcasa, marmoleo y datos genómicos forman parte de las variables utilizadas para definir cruzamientos y elegir los reproductores que continuarán dentro del programa de mejoramiento.
“Ya no es solamente un animal lindo fenotípicamente”, explicó Pestalardo. El objetivo es lograr animales más fértiles, eficientes en la conversión del alimento, capaces de producir más kilos y, al mismo tiempo, mejorar la calidad final de la carne. Esa genética luego se traslada a otros rodeos a través de toros, vaquillonas y vientres seleccionados.
La fertilidad también ocupa un lugar central. Según explicó, la búsqueda apunta a concentrar las pariciones, mejorar los porcentajes de preñez y obtener más kilos al destete. En el caso de las vaquillonas, la cabaña logró reducir las ventanas de servicio hasta alrededor de 60 días, intensificando así la presión de selección.
Para Pestalardo, sostener durante tantas generaciones un proyecto ganadero requiere combinar tradición con incorporación permanente de conocimiento. Por eso destacó la importancia de conocer otros sistemas productivos, trabajar fuera del propio establecimiento y observar las demandas de productores y mercados para trasladarlas al programa genético.
Finalmente, dejó un mensaje para las nuevas generaciones que buscan desarrollarse en el sector agropecuario. Consideró fundamentales el trabajo, el sacrificio, la autocrítica y la capacidad de animarse a nuevos desafíos. “Hay que dar el máximo para después empezar a cosechar”, resumió, poniendo en valor una filosofía que permitió mantener vigente un proyecto familiar durante casi un siglo y medio.


