El avance de biotipos con resistencia múltiple aumenta la complejidad y los costos de control. Especialistas advierten que ya no alcanza con cambiar un herbicida por otro.
El raigrás dejó de ser una maleza asociada principalmente a los barbechos otoño-invernales para transformarse en un problema estructural de numerosos sistemas productivos argentinos. Así lo explicó el Ing. Agr. Dr. Gabriel Picapietra, especialista del INTA Pergamino, durante un nuevo episodio de “Integrando Manejos”, el podcast de la REM de Aapresid.
La problemática presenta características diferentes según cada región. Mientras en el sur de Buenos Aires adquiere especial relevancia dentro de los sistemas con cultivos de invierno, hacia el norte provincial se observan emergencias más heterogéneas y extendidas, con pulsos que pueden comenzar en febrero y continuar durante buena parte del invierno. Esta dinámica obliga a diseñar estrategias específicas para cada lote y población.
A la amplitud de su ventana de emergencia se suma el avance de la resistencia a herbicidas. De acuerdo con los datos presentados, los mapas de la REM estiman unas 7,1 millones de hectáreas afectadas por biotipos resistentes a glifosato. Además, ya existen poblaciones con resistencias múltiples que comprometen diferentes herramientas químicas utilizadas habitualmente para controlar esta gramínea.
Picapietra explicó que la resistencia es un proceso acumulativo impulsado por la variabilidad genética de la maleza y la presión de selección generada por las prácticas de control. Por eso, cambiar repetidamente un herbicida por otro no resuelve el problema. La detección temprana de escapes y manchones resulta fundamental para evitar que las poblaciones resistentes se multipliquen y ocupen progresivamente todo el lote.
Frente a este escenario, el manejo químico continúa siendo una herramienta importante, pero debe integrarse con otras prácticas. Rotar y alternar modos de acción, incorporar herbicidas residuales, realizar aplicaciones en los momentos adecuados y respetar las recomendaciones de los marbetes son algunas de las medidas señaladas para disminuir la presión de selección.
Las estrategias culturales también ganan protagonismo. La elección de cultivos competitivos, las fechas y densidades de siembra, el arreglo espacial, las rotaciones, los cultivos de cobertura y una mayor intensificación pueden reducir los espacios disponibles para el desarrollo del raigrás. A esto se suma la limpieza y el manejo de las cosechadoras, consideradas una importante vía de dispersión de semillas resistentes entre lotes.
El especialista advirtió, además, que la problemática incrementó los costos de control, la cantidad de aplicaciones y la necesidad de realizar monitoreos más intensivos, además de provocar pérdidas de rendimiento cuando los escapes sobreviven y compiten con el cultivo. Por eso, el desafío hacia adelante no pasa por esperar un nuevo “herbicida salvador”, sino por construir sistemas menos favorables para la evolución del raigrás y la aparición de nuevas resistencias.
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