La inclusión de crucíferas optimiza la estructura del suelo, aumenta la infiltración de agua y potencia los rendimientos de la soja y el trigo de forma sostenible.
En el esquema agrícola actual, la necesidad de intensificar y diversificar las secuencias de cultivo se ha convertido en una estrategia clave para la sustentabilidad de los sistemas productivos. La incorporación de la familia de las brasicáceas o crucíferas —como la colza— permite ampliar el abanico de familias botánicas en la rotación, aportando importantes beneficios a mediano y largo plazo sobre la fertilidad física del suelo, la acumulación de carbono y el control de la erosión.
El principal diferencial de estas especies reside en su potente sistema radicular. Tras la cosecha, las raíces se degradan dejando canales naturales en el perfil de la tierra que descompactan la estructura, airean el suelo y mejoran significativamente la infiltración del agua de lluvia. Además, al tratarse de cultivos de maduración temprana, permiten adelantar entre 15 y 20 días la siembra de la soja de segunda en comparación con una rotación sobre trigo, lo que redunda en mayores rendimientos y en un incremento directo de la rentabilidad anual de los lotes.
Los datos de redes como CREA y Aapresid respaldan este impacto: trigos sembrados sobre lotes que tuvieron colza el invierno anterior rinden entre un 15% y un 20% más que aquellos en los que se repitió el trigo de manera continua, gracias a un mejor manejo sanitario y a un control de malezas más eficiente. A este paquete de beneficios agronómicos se le suma un mercado global en plena expansión impulsado por la demanda de aceites para biocombustibles (como los destinados a las industrias aeronáutica y marítima). Este escenario, que ya consolidó la colza en Uruguay, Brasil y Paraguay, comienza a mostrar un crecimiento acelerado y prometedor en la Argentina.



