Un estudio del INTA Ingeniero Juárez identificó cultivares forrajeros con alta producción y estabilidad, capaces de adaptarse a condiciones extremas de calor y escasez de agua.
La ganadería constituye la principal actividad productiva de Formosa y, especialmente en el oeste provincial, enfrenta importantes desafíos climáticos. En el Chaco Semiárido, las temperaturas pueden superar los 45 °C y las lluvias presentan una marcada variabilidad entre años, lo que obliga a buscar alternativas que permitan sostener la oferta de forraje.
Con el objetivo de generar información para mejorar los sistemas ganaderos, investigadores del INTA Ingeniero Juárez evaluaron durante cuatro ciclos productivos el comportamiento de 18 cultivares de gramíneas megatérmicas. El trabajo permitió identificar materiales con buen potencial de producción y capacidad de adaptación a escenarios ambientales complejos.
Entre los cultivares que mostraron los mejores resultados se destacaron los materiales de porte alto de Buffel Grass (Cenchrus ciliaris). Molopo, Biloela, Lucero INTA-Pemán y Orión INTA registraron producciones que oscilaron entre 10.700 y 11.500 kilos de materia seca por hectárea por año, manteniendo un comportamiento estable tanto en campañas húmedas como secas. Además, presentaron una rápida recuperación luego del pastoreo y un rebrote temprano.
Otro material sobresaliente fue Panicum coloratum cv. Bambatsi, con rendimientos superiores a los 10.200 kilos de materia seca por hectárea por año. Los investigadores también resaltaron el desempeño de Gatton panic, una especie ampliamente difundida en la región, que alcanzó cerca de 8.000 kilos de materia seca por hectárea y se distinguió por su elevada calidad forrajera.
Dentro de las especies rastreras, Urochloa humidicola cv. Llanero logró producciones cercanas a los 11.100 kilos de materia seca por hectárea por año, especialmente en campañas con mayores precipitaciones. Otras alternativas, como Urochloa ruziziensis y Urochloa mosambicensis, si bien presentaron menores rendimientos, demostraron utilidad para complementar mezclas forrajeras y mejorar la cobertura de los suelos.
Los resultados también mostraron que no todas las especies mantienen su desempeño a lo largo del tiempo. Algunos cultivares de Grama Rhodes evidenciaron una disminución en la densidad de plantas a partir del tercer año, lo que pone de relieve la importancia de evaluar no solo la producción inicial sino también la persistencia de las pasturas.
Desde el INTA remarcaron que la diversificación de la base forrajera es una estrategia fundamental para reducir riesgos y sostener la productividad ganadera. La combinación de especies con características complementarias permite estabilizar la oferta de alimento y mejorar la respuesta de los sistemas frente a la variabilidad climática.
La información generada aporta herramientas concretas para productores y técnicos de la región. Contar con datos locales sobre rendimiento, adaptación y persistencia de los distintos cultivares facilita la planificación forrajera y contribuye a construir sistemas ganaderos más eficientes y resilientes.


