En el sur de Córdoba, Monte Hermoso produce té de compost para inocular semillas y aplicar en cultivos extensivos, integrando economía circular y agricultura regenerativa.
En General Levalle, al sur de Córdoba, el establecimiento Monte Hermoso puso en marcha una biofábrica para producir insumos biológicos destinados a cultivos de servicio y de renta. La iniciativa, impulsada por la empresa que administra Germán Alonso y que integra el CREA Melo-Serrano, busca reducir la dependencia de insumos externos y fortalecer los procesos biológicos del sistema productivo.
El eje del proyecto es la elaboración de compost biológico a partir de materia prima generada en el propio campo: restos de poda, pasto, mantillo y biomasa de corredores biológicos. Con esos materiales se arman pilas en canastos de 250 kilos, bajo un monitoreo constante de temperatura, humedad y olor. La incorporación de melaza estimula la actividad de bacterias y hongos benéficos, claves para lograr un compost maduro y sanitariamente seguro.
Tras un proceso de entre dos y tres meses, el compost pasa a una fase líquida. Se colocan unos 40 kilos en un canasto con bolsa micronada, se agrega agua y se activa la microbiología para obtener el llamado “té de compost”. Con esa cantidad se producen alrededor de 1.750 litros, aunque el sistema puede escalar hasta 4.000 litros. Los sólidos remanentes vuelven a las pilas, cerrando el circuito bajo un esquema de economía circular.
El té se utiliza para la inoculación biológica de semillas y aplicaciones foliares. En la campaña 2025 se trabajó sobre unas 1.500 hectáreas, con un diseño comparativo: el 50% de cada lote se sembró con semillas inoculadas y el otro 50% quedó como testigo. La práctica se aplicó en soja y en cultivos de servicio como centeno, vicia, phacelia, lupino y coriandro. En las líneas de siembra comenzaron a observarse hongos benéficos, un indicador de que la biología del sistema está activa.
Además, se realizaron aplicaciones foliares en maíz, soja y camelina, con dosis de entre 4.000 y 5.000 litros cada 50 hectáreas y hasta cuatro intervenciones por ciclo, según las condiciones del cultivo. El objetivo es acompañar el desarrollo del cultivo y aportar microbiología que mejore la eficiencia biológica del suelo.
El proyecto se inscribe en un proceso de transformación que Monte Hermoso inició hace 15 años hacia la agricultura regenerativa, con una intensificación en los últimos seis. Rotaciones diversificadas, incorporación de girasol y sorgo, cultivos de servicio y corredores biológicos forman parte de un rediseño que busca sumar naturaleza al sistema productivo y potenciar servicios ecosistémicos como la captura de carbono, la regulación hídrica y el control biológico de plagas.
La experiencia se apoya en un ecosistema de conocimiento que articula con CREA, universidades, INTA y CONICET. Investigadores del IRNAD y del Grupo de Estudios Ambientales realizaron monitoreos de biodiversidad y estudios sobre dinámica del agua y salinidad, incluso con mediciones geofísicas de hasta seis metros de profundidad.
Más allá de los indicadores productivos, el impacto también se percibe en el equipo de trabajo. Según Jéssica Ceballos, responsable de la biofábrica, el sistema permitió reducir el uso de fitosanitarios, generar empleo vinculado a procesos vivos y mejorar el entorno laboral. “Tenemos que sumar naturaleza a nuestros sistemas productivos”, sintetizó el ingeniero agrónomo Lucas Andreoni, uno de los impulsores de una experiencia que busca demostrar que la regeneración también puede escalar en la agricultura extensiva.



