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Derribando mitos: especialistas abordaron con evidencia científica desinformaciones sobre el consumo de harinas y los efectos de los agroquímicos en la sociedad

Dana Zoe Watson (UBA-UNLam) y Fernando Manera (UNC) desmitificaron en el congreso A Todo Trigo afirmaciones sin sustento científico sobre el agro.

¿Es malo el gluten para el consumo humano? ¿Son más riesgosos los químicos de uso agronómicos o de uso domiciliario? A pesar de que la evidencia científica es bastante contundente, las redes sociales han dado lugar a la proliferación de mitos al respecto que Dana Zoe Watson (UBA-UNLam) y Fernando Manera (UNC) se encargaron de desmitificar en el congreso A Todo Trigo. El espacio trajo a la reflexión la necesidad de tomar decisiones basadas en información con evidencia científica.

A su turno, la nutricionista y doctora Dana Watson (UBA – UNLAM) presentó una síntesis sobre el papel del gluten en la salud humana, destacando que, en personas sin condiciones médicas diagnósticas (enfermedad celíaca, alergia al trigo y sensibilidad al gluten no celíaca), no causa inflamación ni está asociado con enfermedades crónicas. Además, destacó que no hay pruebas sólidas de que eliminarlo mejore la salud de la población en general.

“Cuando escuchamos frases como ´me quité las harinas y me empecé a sentir mejor´ es necesario comprender que el papel del gluten en la dieta está estudiado hace mucho y ya se sabe que no tiene ningún efecto nocivo sobre la salud, a menos que tengamos un diagnóstico” aseguró. Watson enfatizó, además, los riesgos de eliminar estos productos de la dieta sin una necesidad médica real, ya que podría generar posibles déficits de fibra y vitaminas del complejo B, así como un incremento innecesario en el costo de la canasta alimentaria.

Un punto central de la disertación fue la desmitificación sobre la supuesta mayor carga de gluten del trigo moderno en comparación con el trigo que se producía antes. En ese sentido, Watson mostró como, en base al análisis de ciento cincuenta líneas de trigo cultivadas bajo condiciones idénticas, no existe tal incremento. En el mismo sentido, también desmitificó los riesgos de consumir alimentos transgénicos: “Todos están de acuerdo que los alimentos transgénicos no están asociados a un riesgo para la salud ni a enfermedades. Además, en el caso de Argentina, tampoco hay trigos transgénicos que estén circulando ni están disponibles para el consumo”, aseguró.

En su turno, el bioquímico Fernando Manera (UNC) comparó los riegos de químicos de uso agronómico contra los domiciliarios. En su presentación demostró que la contaminación química es un fenómeno predominantemente urbano y doméstico, lo que contrasta con la percepción de peligro habitualmente centrada en el ámbito rural.

“La contaminación química a la que estamos expuestos en nuestros hogares es mucho más amplia que a los productos usados en el campo agropecuario” aseguró. Según estadísticas de centros de salud, como el Hospital de Niños de Córdoba, más del noventa por ciento de las intoxicaciones por compuestos químicas -que no son medicamentos- corresponden a plaguicidas de uso domiciliario y productos de limpieza del hogar, tales como hipoclorito, jabones y detergentes, entre otros.

En contraposición, las intoxicaciones por compuestos químicos vinculadas al uso agrícola representan una fracción mínima de los registros, situándose históricamente en niveles que oscilan entre el tres y el siete por ciento de los casos. Para Manera, la evidencia científica habla de un problema invisible: “Estamos en contacto con más de 140 mil productos químicos diferentes. Es mucho más amplia que la que pueden llegarnos del campo agronómico” aseguró.

Según Manera, el ambiente doméstico actúa, además, como reservorio de compuestos químicos liberados por combustión considerados dentro del grupo 1 por parte de la International Agency for Research on Cancer (IARC), tales como el formaldehído en productos cosméticos y de limpieza, el benceno en el humo de tabaco, el arsénico en el agua y el consumo habitual de alcohol. Manera subrayó que las personas permanecen el noventa por ciento de su tiempo en espacios interiores, y el setenta por ciento de ese lapso transcurre específicamente dentro de la vivienda, donde la ventilación es frecuentemente deficiente y el uso de químicos carece de cualquier tipo de supervisión.

Finalmente, Manera destacó que la realidad de los hogares se contrapone a las operaciones de campo, las cuales se realizan al aire libre, están obligatoriamente reguladas por normativas estrictas y son ejecutadas exclusivamente por personal capacitado y protegido. Por esta razón es que, según Manera, el diagnóstico es claro: “La contaminación química a la que estamos expuestos en el ambiente doméstico es mucho más amplia que a los productos usados en el campo agropecuario”.

Tanto Mena como Zoe Watson, coincidieron que el principal desafío es poner a la información basada en evidencia como herramienta primordial para la toma de decisiones. “No repetir lo que uno ve en redes si no mirar la evidencia científica” sentenció Zoe Watson.

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