Los fungicidas de fin de ciclo ayudan a sostener rindes en soja, pero la pisada de la pulverizadora terrestre genera pérdidas que deben medirse para decidir mejor el momento y la tecnología de aplicación.
En los últimos años, las aplicaciones de fungicidas en estadios reproductivos de la soja ganaron protagonismo como herramienta para frenar enfermedades foliares y proteger el llenado de granos. Estas intervenciones buscan evitar defoliaciones anticipadas y sostener el rendimiento en campañas con alta presión sanitaria.
Sin embargo, junto al beneficio esperado aparece un costo poco visible y muchas veces subestimado: el daño mecánico generado por el paso de la pulverizadora. La llamada “pisada” implica plantas quebradas, menor área foliar y pérdida directa de rendimiento, especialmente en cultivos cerrados.
Datos de la Red de Manejo de Plagas (REM) de Aapresid muestran que más del 56% de los productores aplicaron fungicidas en soja en la última campaña, con cerca del 75% de los tratamientos concentrados en R3 y R4. Este patrón coincide con escenarios de alta intercepción lumínica y condiciones predisponentes para enfermedades como mancha marrón, tizón morado y mancha ojo de rana.
La oportunidad de aplicación aparece entonces como un factor clave. Ingresar en estadios reproductivos más tempranos no solo mejora la eficacia del fungicida, sino que también reduce el impacto relativo de la pisada, ya que el cultivo conserva mayor capacidad de compensación mediante ramificación y redistribución de asimilados.
En cuanto a la magnitud del daño, estudios realizados por la UNR y el INTA en el sur de Santa Fe y norte de Buenos Aires estimaron pérdidas promedio del 2,4% de rendimiento por pisada en aplicaciones terrestres realizadas en R3–R4. En términos absolutos, esto representó alrededor de 100 kg/ha, con mayores pérdidas en sojas de primera y de alto potencial.
El trabajo también mostró que el ancho de botalón es una variable decisiva: equipos con barras más anchas reducen la cantidad de pasadas y la superficie afectada. En cambio, el distanciamiento entre hileras y la dirección de avance tuvieron menor incidencia que la calidad operativa y el guiado del equipo.
Frente a cultivos muy cerrados o con baja transitabilidad, la aplicación aérea surge como una alternativa. Si bien la pulverización terrestre suele lograr mayor penetración en el canopeo, la aérea puede ofrecer una mejor distribución del activo en los estratos donde se inician las enfermedades, siempre que se controle la calidad del trabajo.
Antes de definir una aplicación de fin de ciclo, los técnicos recomiendan evaluar la presión sanitaria real, el estadio del cultivo, el potencial de rendimiento y la tecnología disponible. La decisión no pasa por aplicar o no, sino por elegir el momento y el sistema que mejor equilibren sanidad, rinde y costos.
En definitiva, la pisada deja de ser un concepto abstracto para transformarse en un dato agronómico concreto. Contar con mediciones locales permite ajustar estrategias y tomar decisiones más eficientes en un cultivo donde cada elección puede traducirse en cientos de kilos por hectárea.
FUENTE : https://www.aapresid.org.ar/es/novedades/6953d75dbf363b3159a3dc40



