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Fitosanitarios: una nueva forma de medir el riesgo ambiental en la agricultura

Un estudio internacional propone un indicador que evalúa la presión toxicológica de los fitosanitarios. La métrica permite comparar países y ubica a Argentina entre los sistemas agrícolas de mayor intensidad.

Durante años, el debate sobre el uso de fitosanitarios se centró casi exclusivamente en el volumen aplicado: toneladas por campaña o litros por hectárea. Sin embargo, un estudio reciente publicado en la revista científica Science plantea un cambio de enfoque. Investigadores del Institute for Environmental Sciences de Alemania desarrollaron una métrica global denominada Total Applied Toxicity (TAT) para estimar la presión toxicológica potencial que ejerce la agricultura sobre los ecosistemas.

El indicador integra tres variables clave: la cantidad aplicada de cada principio activo, su nivel de toxicidad para distintos organismos y los umbrales regulatorios definidos por agencias internacionales. A diferencia de las mediciones tradicionales, el TAT no mide daño observado en el campo, sino el riesgo potencial asociado al uso de productos fitosanitarios bajo una metodología comparable entre países.

El trabajo analizó 625 principios activos en 65 países, que en conjunto representan cerca del 80% de la superficie agrícola mundial, durante el período 2013-2019. Los resultados muestran que la toxicidad aplicada aumentó para varios grupos biológicos, con incrementos del 42,9% en insectos y artrópodos terrestres y del 30,8% en organismos del suelo, mientras que en peces también se registraron subas.

Según los investigadores, este aumento no responde únicamente a mayores volúmenes de uso. A nivel global, el consumo de fitosanitarios ronda hoy los 4 millones de toneladas anuales, casi el doble que en la década de 1990. A esto se suma la creciente resistencia de plagas, que impulsa el desarrollo y la adopción de moléculas más potentes, elevando la presión toxicológica total aun cuando el volumen aplicado no aumente en la misma proporción.

El análisis también revela una fuerte concentración del riesgo. En cada país, alrededor de 20 principios activos explican más del 90% del TAT nacional, mientras que seis grandes grupos de cultivos —frutas, hortalizas, maíz, soja, arroz y otros cereales— concentran entre el 76% y el 83% de la toxicidad aplicada a escala global.

En este escenario, Argentina aparece entre los países con mayor intensidad de TAT por unidad de superficie agrícola, junto con Brasil, China, Estados Unidos y Ucrania. El estudio identifica concentraciones relevantes en el nordeste del país y señala que cultivos como maíz, papa y soja aportan de manera significativa al indicador nacional, tanto por su escala productiva como por el perfil de principios activos utilizados.

Los resultados coinciden con informes elaborados por el INTA, que muestran un crecimiento sostenido en el uso de fitosanitarios en las últimas dos décadas. Las estimaciones indican que el mercado pasó de 151 millones de litros o kilogramos comercializados en 2002 a más de 370 millones en años recientes, con promedios cercanos a 8,3 litros o kilogramos por hectárea aplicada en sistemas extensivos.

En el plano internacional, este tipo de indicadores gana relevancia tras la adopción del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, que propone reducir en al menos un 50% el riesgo asociado a químicos agrícolas hacia 2030. En ese contexto, la forma de medir el impacto ambiental de la producción comienza a ser tan importante como el volumen producido.

Frente a este escenario, los especialistas destacan el rol del Manejo Integrado de Plagas (MIP) como una de las estrategias más efectivas para reducir la presión toxicológica sin resignar productividad. El monitoreo permanente, el uso de umbrales de daño económico, la rotación de modos de acción y la integración de herramientas biológicas y químicas aparecen como claves para avanzar hacia sistemas más sustentables.

La discusión global sobre fitosanitarios ya no se limita a cuánto se aplica. Cada vez más, el foco está puesto en cómo se utilizan las herramientas de protección vegetal y qué impacto acumulado generan sobre los ecosistemas, un terreno en el que la agronomía y la gestión del manejo cobran un papel central.

FUENTE : https://www.aapresid.org.ar/es/novedades/69a19c84bf363b3159bafb71

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